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The Greeting

At several points during the liturgy, the presider greets us with the words, "The Lord be with you." These simple words are not like the greetings that we exchange all day long our "good mornings," our "hellos" and "how are yous." This liturgical greeting has roots deep in the Old Testament. In the book of Ruth, the words "the Lord be with you" are spoken by Boaz to the harvesters who are laboring in his fields (2:4); in the book of Judges, an angel speaks similar words to Gideon (6:12), where they are words of promise: for soon Gideon will lead his oppressed people to victory and freedom. For us, the words become a greeting of peace, a prayer that the Lord will indeed be with us, and a reminder of his promise to be with us always, to the end of the world (Matthew 28:20).

Our response "And also with you," soon to be "And with your spirit" returns to the presider this prayer for the Lord's presence. As we know from the scriptures, a prayer for the Lord's presence is no small thing, for when God comes in our midst, God brings healing, grace, and challenge. God's presence transforms us.

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Del cumplimiento a la espiritualidad

La Eucaristía dominical ha de ser más que un mero cumplimiento de uno de los mandamientos de la santa madre Iglesia. La participación plena, consciente y activa en la celebración litúrgica supone ser un punto no negociable en la vida de los cristianos. No es del mero cumplimiento del precepto donde obtenemos lo necesario para continuar nuestra vida (aunque puede darse), es más bien, de asumir en nuestra vida lo que implica celebrar la Eucaristía.

Es, creo yo, hacernos eco de la voz de los mártires del Norte de África que, ante la posibilidad del martirio y la experiencia de la tortura a causa de su fe, fueron capaces de afirmar: “No podemos ser cristianos sin la Eucaristía”. Resulta obvio que la celebración es parte de esta cláusula, pero más allá está el atar la vida a ese misterio que se celebra; el transformar nuestra vida por la palabra proclamada, vivir con la frescura de tratarnos como hermanos y hermanas, hacernos pan para que todos coman; trabajar por la justicia como una posibilidad que puede comenzar ahora mismo y que como resultado tendrá la misericordia y la compasión hacia los demás. Si en realidad celebramos la plenitud del sacramento, domingo a domingo, no podremos ser cristianos sin la Eucaristía, sin convertirnos en lo que celebramos.